En los años ochenta, asistí a una conferencia. La persona que hablaba era mi maestro y, en cierto momento, planteó una pregunta:
—¿Qué sucedería si estuvieras en un barco, el barco naufragara y todos murieran, excepto tú? Imagina que sobrevives y llegas a una isla. ¿Podrías sobrevivir allí completamente solo?
Yo pensé: «¿Podría hacerlo? La verdad, no lo sé».
Entonces comprendí que tenía que averiguarlo. Y tomé una decisión: me iría a la selva de Guatemala.
Empecé a prepararme para ir allá. Compré una mochila, un saco de dormir y algunas cosas que pudieran ayudarme a vivir en la selva con lo mínimo indispensable. Tendría que arreglármelas por mi cuenta, en un lugar apartado y desconocido.
Entonces mi papá decidió regalarme aquel terreno que nadie quería. Yo pensé:
—Bueno, vamos a conocerlo.
En ese momento yo vivía en Miami, Florida, así que viajé a México. Primero pasé por la Ciudad de México para visitar a unos amigos. Uno de ellos decidió acompañarme en el viaje a la selva.
El terreno estaba en Yucatán, en un lugar llamado Isla Blanca. Cuando escuché el nombre, pensé:
—Eso no es selva; eso es una playa.
Pero mi papá insistía en que era selva. Así que decidimos ir a conocerla.
Cuando llegamos, descubrimos que el terreno estaba frente a una playa solitaria, casi como una isla. Por eso se llamaba Isla Blanca.
Decidimos quedarnos un tiempo para buscar el terreno. Sabíamos que estábamos en el lugar correcto, pero no sabíamos exactamente cuál era la propiedad.
Así que acampamos. Montamos una tienda de campaña y yo colgué mi hamaca entre unos postes que había por allí. Como dormía dentro de mi saco de dormir, no importaba si llovía: podía descansar al aire libre.
También improvisamos una pequeña cocina y, mientras buscábamos el terreno, la estábamos pasando muy bien.
A la mañana siguiente salí a caminar por la playa. Llegué a un lugar que me pareció precioso: tenía una pequeña loma. Subí y, desde allí, podía contemplarlo todo. Pensé:
—¡Wow! Sería maravilloso que este fuera nuestro terreno.
Sacamos los planos y comenzamos a medir. Encontramos el lote número uno. El nuestro era el número siete. Cada lote medía cincuenta metros y, después de cada cien metros, había una calle de diez metros.
Medimos cien metros, luego diez más; después otros cien y otros diez, hasta llegar al lote número siete. Allí encontramos los mojones, las marcas que señalaban los límites. Ya no había duda: ese era nuestro terreno.
Entramos y no podíamos creerlo. Era exactamente el lugar que yo había imaginado. El terreno que había deseado era, precisamente, el que nos había tocado.
Me sentí feliz.
—¡Wow, sí que me gusta este lugar!
Entonces trasladamos nuestro campamento al terreno. En los planos aparecía con el nombre de **Fátima 7**, pero yo decidí cambiarle el nombre. Quise bautizarlo de una manera especial, con un nombre que representara lo que aquel lugar significaba para mí.
Así nació **Urantia**, que significa **“cuna de la luz”**.

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